viernes, 17 de mayo de 2013

Una pirámide de Belice

El pasado 15 de mayo, día madrileño por antonomasia, periódicos como El País o El Mundo recogían la noticia de la demolición de una pirámide maya para que una empresa constructora pudiera disponer piedra como relleno de caminos.

Se trata de una pirámide que fue construida por los mayas hace más de 2.300 años, dentro del complejo Noh Mul, y que ha sido destruida en unos pocos días por una eficiente retroexcavadora.


Esto es lo que ha quedado de la pirámide y la retro utilizada (Imagen tomada de El País)
Como es lógico, la destrucción de la pirámide ha causado la indignación de los arqueólogos y especialistas. Al parecer, todo el complejo se encuentra en terrenos privados, pero la legislación de Belice establece que las ruinas se encuentran bajo la protección del Gobierno. Da igual, la búsqueda del dinero fácil ha aconsejado a la empresa constructora utilizar la pirámide como “cantera” para obtener piedra con la que rellenar los caminos que estaba construyendo, y ahí fue la retro, llevándose por delante veintitrés siglos de historia. ¡Todo sea por el dólar (o el euro)!

Según la noticia, el director del Instituto de Arqueología de Belice, Jaime Awe declaró a la prensa que "La empresa despreció y destruyó completamente el edificio. ¿Por qué simplemente no se van y excavan en otra parte sin significado cultural?" Pues por dinero, Sr. Awe, por dinero, y por desprecio absoluto de la cultura y la historia.


¿Es necesario justificar la presencia de esta entrada en el blog? Es claro que estamos muy lejos de Madrid y supongo que la pirámide no estaba construida con pedernal…, pero resulta muy estimulante poder “ver en directo” una historia muy similar a la de la muralla de Madrid. Es como cuando algún antropólogo se incorpora a una tribu primitiva para “ver en directo” el comportamiento del hombre prehistórico.

La lectura de la noticia me ha llevado, como en un “flashback” de esos que tanto se llevan, a los momentos en los que la muralla madrileña fue derribándose y su pedernal fue utilizado para las nuevas construcciones, a las decisiones tomadas al respecto por los Reyes Católicos, por Carlos I y por otros gobernantes, recogidos en Avatares de la muralla, o en la Reutilización del pedernal.

Es evidente que si en 1570 se hubiera dispuesto de una retroexcavadora como la utilizada en Belice no habría hecho falta que 30 picapedreros hubieran trabajado en el derribo del Arco de Santa María, durante un mes. Más gente al paro.

En realidad, el suceso de Belice recuerda, en lo que se refiere al origen y el destino de la piedra, a lo sucedido con el Castillo de Barajas (ver El castillo reciclado) aunque, afortunadamente para nuestra sociedad e historia, la Duquesa de Osuna pidió los correspondientes permisos al ayuntamiento para la reutilización del pedernal, cosa que los bárbaros de Belice no han hecho, ni por asomo.

jueves, 31 de enero de 2013

El castillo reciclado: Tapia de El Capricho

El título de esta entrada es, desde luego, una paráfrasis del título del blog, pero es que toda la entrada lo es también del conjunto del blogEn efecto, en el  blog se trata de seguir la pista al pedernal, que habiendo sido utilizado inicialmente en un elemento arquitectónico de protección y separación (la muralla de Madrid) fue reutilizado posteriormente, reciclado, en la construcción y ornamentación de diversos edificios (conventos, iglesias, palacios, etc.) de la época de los austrias.  En esta entrada, por el contrario, se trata de seguir la evolución  de otro pedernal, que fue utilizado inicialmente en la construcción de un edificio  (el Castillo de Barajas)  y fue  reutilizado en la construcción de  otros elementos de protección y separación: las tapias de El Capricho, la del Panteón de los Fernán Núñez, así como otros elementos arquitectónicos. Se trata, pues, de procesos similares aunque inversos, que tienen  en común al pedernal como sujeto principal y que presentan una curiosa continuidad cronológica. 

En la última restauración, los responsables han rellenado las
llagas, hasta conseguir un "alisado" de los muros que no
permite apreciar en volumen y el color natural del pedernal
En este corte, y en las paredes interiores,
 resulta mas fácil reconocer el pedernal













Al castillo en cuestión se le conoce por diversos nombres: de la Alameda; de  Barajas; de los Zapata..., y curiosamente ninguno de ellos corresponde a quienes mandaron construirlo: los Mendoza, que por entonces eran todopoderosos en Castilla, sí que dieron nombre al Castillo de Manzanares el Real, coetáneo del de Barajas. Al parecer fue edificado como fortaleza entre 1431 y 1476, cuando aún estaba viva la reconquista, y se erigió en una terreno que, como en tantas otras ocasiones, había sido ocupado desde tiempos lejanos (los historiadores hablan del calcolítico o Edad del cobre)  Se cree que tras la retirada  de los musulmanes se fueron creando nuevos pueblos en esta zona (Hortaleza, Barajas, Canillas, etc.) y que es en el siglo XIII cuando le llegó el turno a La Alameda, cuyo señorío le fue encomendado por el rey a los Mendoza. La iniciativa de la construcción del Castillo, le correspondió a Don Diego Hurtado de Mendoza.

A los efectos que más le interesan a este blog, debe constatarse que los muros del Castillo estuvieron integrados por mampuestos de pedernal, trabados con mortero de cal. Resulta oportuno encajar en el tiempo el momento en el que Don Diego encarga la construcción del Castillo: en esa primera mitad del siglo XV, es cuando (ver Encuadre cronológicose está empezando a construir Madrid; en ella se tiene conciencia de la seguridad que le había proporcionado la muralla de pedernal, que ahora se está desmontando para construir San Nicolás, Santa María de El Paso o la Torre de los Lujanes, y los constructores recurren al mismo material y a la misma técnica utilizada años atrás.

Pocos años de existencia tenía el Castillo, cuando fue otorgado como dote a Doña Inés de Ayala y Ruiz  Sanz  Zapata por el rey Juan II de Castilla, con lo que entra a formar parte del patrimonio de la familia de los Zapata, ligada desde muy antiguo a Madrid. Con este cambio de dueños se produjo un cambio aún más profundo en su finalidad, estructura y aspecto. En efecto, con la toma de Granada había acabado la reconquista, y los castillos de Castilla (reino fronterizo donde los hubiera) perdieron su naturaleza defensiva, a la par que los señores de la guerra se convertían en cortesanos. Consecuentemente, Francisco Zapata de Cisneros promovió, en 1575, una transformación radical del Castillo para convertirlo en una residencia adecuada a la vida de la nueva corte. Dicha transformación supuso, además del levantamiento de la Torre del Homenaje, la apertura de ventanales y vanos, para dotar de luminosidad  a las estancias, y la creación de jardines con gran variedad de árboles, plantas y fuentes. Vamos, que los Zapata hicieron de un belicoso castillo una agradable residencia, de modo similar a lo que se hizo cuatrocientos años más tarde, para convertir castillos en paradores. 

En su nueva condición de residencia cortesana, el Castillo de los Zapata dio acogida a figuras tan notables como: el duque de Alba, que lo habitó en 1580; la reina Margarita de Austria, en 1599, tras su boda con Felipe III; o el duque de Osuna, que murió en él, en el año 1622. Su viuda, la condesa de Benavente, compró los terrenos colindantes, que son el origen de  la Alameda de Osuna y los protagonistas del futuro "reciclado del Castillo".

El poder de los Zapata fue decayendo durante el siglo XVII y con ellos el papel del Castillo, que terminó sufriendo un voraz incendio en 1697 que le condujo al abandono definitivo y a su progresiva ruina. En relación con la reutilización del pedernal resulta significativa una petición de las religiosas del convento de Santo Domingo el Real, en 1977, que para proteger una viña de los rateros pedían permiso para sacar la piedra necesaria de las ruinas del castillo de La Alameda, añadiendo que "han oydo q han hurtado piedra y van hurtando en corto tiempo se quedará el castillo terraplanado". El municipio les dio el permiso, pero sólo para la piedra desprendida, para no incrementar la ruina del edificio.

Con estos antecedentes,  no es extraño que el pedernal "desprendido" y quizás alguno más fuera utilizado en la construcción de los edificios y otros elementos arquitectónicos de La Alameda, como es el caso de las tapias de El Capricho o del Panteón de los Fernán Núñez o la Casa del Artillero, dentro de los Jardines.
¡Qué familiar ha de ser esta imagen del pedernal y el ladrillo
cocido de la tapia de El Capricho, a quien pasee por el
 Madrid de los Austrias!

En 1783, Doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel, esposa del noveno Duque de Osuna, adquirió los terrenos en los que está ubicado el Parque, para construirse una villa de recreo donde reposar de los deberes y compromisos de la Corte. Era sin duda una mujer de gran valía, como lo prueba el hecho de ser miembro de la Real Academia de la Lengua. La Duquesa pidió autorización al municipio para utilizar piedra del castillo, autorización que, por supuesto, le fue concedida. La construcción de la finca se alargó durante 52 años, superando la vida de la duquesa. Dentro del Parque se construyó una ruina artificial, la llamada Casa del Artillero, utilizando también el pedernal del Castillo.

Como se ha dicho antes, otro producto del reciclado del castillo es el Panteón de los Fernán Núñez, familia que heredó el Condado de Barajas. El Panteón fue construido en 1898 por el Marqués de Cubas.

Tanto la tapia de El Capricho, como la del Panteón recuerdan la estructura y aspecto de la Cerca de Felipe IV, con lo que se cierra el ciclo y la paráfrasis del Castillo Reciclado.

Algunas referencias consultadas:



sábado, 22 de diciembre de 2012

El autor y su Madrid


Este blog quiere ser un testimonio de reconocimiento hacia Madrid. No pretende ser, y desde luego no lo es, un ejercicio de erudición, aunque en el documento se hable de historia, de arquitectura, de urbanismo, de mineralogía, de sociología… pero siempre hago uso de estas nobles disciplinas desde la óptica del simple aficionado.

Cualquier hijo puede reflexionar y rendir homenaje al esfuerzo que realizaron sus padres, no sólo para mantenerle y darle unos estudios o un oficio, sino para educarle sin más preparación que la que da la vida. Para ello, el hijo no necesita graduación alguna en psicología o psiquiatría, le basta con hacer un buen uso del amor filial. De modo similar, yo alego amor filial a mi pueblo para realizar este blog, sin necesitar estar doctorado en ninguna de estas ciencias.

En tan escasa líneas ya he aludido en dos ocasiones a “mi pueblo” y eso está pidiendo una aclaración. Para ello es necesario que me refiera al lugar, pero aún es más preciso que me refiera al tiempo.

Vine a nacer en el año 41 del pasado siglo, lo que dicho así parece una provocación, pero será una expresión absolutamente habitual a medida que pasen muy pocos años y las generaciones más jóvenes vayan llenando los tramos inferiores de la pirámide de edad. Como luego supe, cuando nací, todo el mundo “civilizado” estaba en guerra, menos nosotros que estábamos en lo más profundo de la posguerra.

Pero de eso, me fui enterando con el paso de los años, ya que en aquellos momentos lo que hacía era vivir alegremente mi infancia, en la que sí ocupan algún lugar recuerdos que luego he sabido eran fruto de la posguerra. Por ejemplo, aquellas matronas que en la calle Calatrava pregonaban: “hay barras, vendo barras”, barras que llevaban bajo sus enormes delantales, o aquellos hombres enjutos que en la calle Postas se cruzaban con mi padre y con voz arguardientosa le decían: “piedras para mecheros, piedras, piedras”. Todo era fruto del estraperlo que se apoderó, subrepticiamente, del suministro de lo más necesario. Es cierto que a las nueve de la noche se oía un clarín en la radio y a continuación mi padre reclamaba el silencio para escuchar el Parte, como también es cierto que mensualmente alguien llamaba a la puerta para cobrar un recibo devengado por oír la radio, esa radio que ya nos anticipaba en una canción que: “la televisión, pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás”.
Muchas de las vivencias de mi infancia tendrían que ver con la estrechez de la posguerra, pero también otras muchas tendrían que ver con el aún escaso desarrollo tecnológico que se había producido, y que se dispararía con el fin de la guerra grande.

Lo que me sorprendió, años más tarde, con la llegada de la democracia es que entre esas vivencias no estuvieran anidadas ni la represión, ni la frustración que, al parecer, vivió tan intensamente mucha gente de mi generación, y que les ha servido de acicate para su creación artística a cantantes, novelistas o cineastas. Es cierto que mis amigos y yo estábamos siempre huyendo de los chapas, que es como llamábamos a los municipales por el enorme escudo que lucían en el pecho, y que teníamos la guerra declarada con un jardinero de las Vistillas, al que llamábamos Gepeto, aunque no era desde luego un vejete simpático. Pero esto era fruto del hecho social de que los niños sólo tuviéramos obligaciones, y que nuestro único derecho fuera el de jugar, sin gastar dinero y sin molestar a ninguna persona mayor.

Confieso que mi falta de frustraciones me llegó a preocupar, haciendo que me preguntara por la razón de su ausencia. Revisé mi familia, mi barrio, mi colegio, mis amigos…, y no encontré nada. Mi padre no era un paniaguado del Régimen, lo que habría explicado todo; en mi familia había habido soldados en ambos bandos, unos por convicción y otros porque les había tocado, pero no había ni odios ni rencores; en mi barrio convivían hijos de ambos bandos, y como era un barrio sencillo, los del bando vencedor eran también sencillos; por último, mi colegio, que merecería un blog completo, tenía refugiados a un buen número de profesores no bien vistos por el Régimen, de forma tal que ni nos hicieron cantar el Cara al sol, ni nos sometieron a misas y rosarios interminables. Total, que no estaba frustrado y que ello no era por ser insensible o lacayo, sino porque existía otra realidad paralela a la que nos han contado de forma obsesiva.

Bueno, sirvan estas divagaciones para concluir que nací en un Madrid estrecho y con estrechez, con gente que trataba de olvidar todo lo recientemente ocurrido. Nací en un año en el que mi “otro Madrid”, mi Real Madrid, no se comía un rosco, incluso coqueteaba con el descenso.
Sus jugadores pasaban limitaciones alimenticias, mientras que los vecinos del Atleti de Aviación, que habían sido repescados de la segunda división por el Ejército del Aire y se alimentaban de su economato, ganaban los títulos. Si hubiera habido entonces televisión, yo también podría haber dicho aquello de: Papá, ¿por qué somos del Madrí? Y ahora tenemos que aguantar eso de que somos el equipo del Gobierno… ¡diiita sea la...!

Para terminar con la dimensión temporal añadiré, como hacía José Luis Garci en la presentación de ¡Qué grande es el cine!, que en 1941 nacieron Plácido Domingo, Joan Báez, Bob Dylan o Terence Hill; que, por el contrario, murieron Alfonso XIII, Virginia Woolf o James Joyce; que Gary Cooper ganó el Óscar por El Sargento York; y que un periódico costaba 25 céntimos de peseta, es decir, 0.0015 euros.
En cuanto al lugar de mi nacimiento, algo ya ha quedado establecido más arriba, pero por si hubiera alguna duda, y sin ánimo de humillar a nadie, yo nací en Las Vistillas. No en el Sanatorio del Rosario, ni en la Maternidad de O`Donnell, ni en ninguna otra clínica. No, yo nací, simple y llanamente, en la casa de mis padres, en Las Vistillas, como la pinturera modistilla, de la copla que baila el chotis como el que lava, salvando las distancias, por supuesto.

Es claro que en aquel Madrid ya existían Chamberí, el barrio de Salamanca, el Viso, o la Ciudad Lineal, pero todo ello me parecía lejano o muy lejano. Eran tiempos en los que ir a la Casa de Campo era una excursión, en los que ir a la calle de Alfonso XIII o a la Ciudad Jardín era ir al extrarradio o en los que para llegar al Estadio de Chamartín había que bordear algunas huertas, una vez que se dejaba atrás Casa Huete, taberna situada más o menos donde estaba el Windsor, y que pertenecía a uno de los jugadores del Madrid de los años 40.

En ese mi Madrid, en el que la mayoría vivía con una economía ajustada y con escasez de abastecimiento de lo más elemental, como el pan o la electricidad, los límites en los que se movía una familia eran estrechos y su movilidad reducida, de forma que un barrio, y sus alrededores inmediatos, era más que suficiente para desarrollar una vida plenamente llena. El mundo de los niños de barrio era aún más limitado, sobre todo cuando se disponía de un espacio tan amplio y acotado como Las Vistillas y sus cuestas, para jugar.

Al cine, íbamos los jueves, tarde en la que no había colegio, a ver las sesiones dobles que ponían en los cines del barrio, con la correspondiente y ruidosa ingesta de pipas, que unida al infame sonido de la sala, convertía en un milagro enterarse de los diálogos, aunque lo importante era la acción y la llegada del séptimo de caballería para acabar, una y otra vez con los malvados pieles rojas. Mucho menos frecuente era la asistencia a salas de mayor nivel, con sesiones numeradas, en lo que se llamaban “cines de reestreno”, mientras que los de estreno, reducidos entonces casi en exclusiva a la Gran Vía, eran “rara avis” para una familia modesta.

Poco a poco, las limitaciones de las zonas de ocio, del colegio, de la ubicación de la familia, etc., fueron configurando un territorio que se me aparecía como suficiente para desarrollar una vida con todos sus ingredientes básicos. Con la perspectiva actual he venido a identificar que ese territorio viene a coincidir, prácticamente, con el Madrid de la muralla cristiana y sus arrabales.

Con el transcurrir de los años, tras la lectura de los clásicos españoles o no, con la visita a muchas ciudades españolas y a otras cuantas significativas a uno y otro lado del Atlántico, he llegado a la conclusión de que en una comunidad reducida está compendiado todo cuanto en común tienen los seres humanos en lo básico, y todas las diferencias que pueden presentar en lo superficial. Si lo básico es aquello que te permite sentirte ciudadano del mundo en cualquier rincón del planeta, lo superficial es lo que te permite identificarte con un único lugar, al que se termina denominando, mi pueblo.

Por tanto, ese pueblo al que confieso pertenecer y al que rindo homenaje con este blog es el cercado por la muralla cristiana y sus arrabales. No obstante, en un ejercicio de generosidad intelectual, admito la existencia de un Madrid limitado por la cerca de Felipe IV, que viene a coincidir con el magníficamente representado por Pedro Texeira en su Topografía de la Villa de Madrid de 1656.

En una reunión profesional, ante un matrimonio amigo, mantuve mi convencimiento sobre la limitación de Madrid. La esposa, entre asombrada y zumbona preguntó: entonces, nosotros que vivimos en la Plaza de Castilla, ¿no vivimos en Madrid? Yo que sabía que era zaragozana, y por ello sensible a la invasión napoleónica, le hice ver que Napoleón había acampado en Chamartín, y que aun así “no había entrado en Madrid”, renunciando a su entrada triunfal prevista para el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Se rindió a la evidencia.

Para completar mi identificación con mi Madrid, encontré a mi contraria, con la que ya me he casado dos veces, y espero hacerlo una tercera vez en las bodas de oro, en los arrabales, a un centenar de metros de la Puerta de Moros y otros tantos de la Puerta Cerrada, con lo que el conocido aforismo: ¿Usted de qué pueblo es? Yo, del de mi mujer no ha hecho más que remachar gozosamente el clavo del sentimiento filial.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Presentación

Con este blog pretendo compartir mi pasión por Madrid, con quienquiera que tenga la amabilidad de leerlo. Afortunadamente han proliferado los blogs dedicados a Madrid por lo que parece conveniente buscar una "especialización" que justifique el lanzamiento de uno nuevo. En este caso, utilizo como excusa la hipótesis de que el pedernal que formaba parte importante de la muralla de Madrid fue reutilizado (reciclado, según la terminología ecológica actual) en la construcción de numerosos edificios de todo tipo, junto al ladrillo cocido y la pizarra, creando el "estilo austria" del viejo Madrid. Este es mi "nicho de mercado".

En las descripciones de los edificios y otros usos he utilizado, junto anécdotas y leyendas más o menos conocidas, vivencias propias, lo que le da un cierto aire personal. Lo hago para reforzar mi idea de que las ciudades están construidas para las personas y no al revés, como parecen defender algunos.

Hago numerosas referencias al Plano de Texeira porque me parece un documento testimonial de gran relevancia de ese Madrid de los Austrias que acogió la mayoría de los edificios que cito.
El autor nació en la Plaza de Gabriel Miró, es decir, en Las Vistillas, por delante de ese hermoso trozo de muralla que en la actualidad es la calle Angosta de los Mancebos

En el blog he utilizado cuatro "etiquetas": I. La muralla; II. Edificios religiosos; III. Palacios y edificos públicos; IV. Otros usos urbanos, que pueden ser consultadas individualmente, si el lector lo prefiere.

Estaré encantado de recibir sugerencias y comentarios, que me comprometo a responder en lo que me sea posible. 

La muralla de Madrid

Este es un hecho evidente, para todo el que mire y lea, que Madrid tuvo, y en parte tiene, una muralla. Para el que mire, porque a pesar de siglos y siglos de continua destrucción, aún quedan suficientes restos de ella, y para el que lea, porque su existencia está profusamente documentada, aunque las fuentes en origen sean bastante convergentes.

Como decía antes, los estudiosos se pusieron a contar, y andan en discusión sobre si hubo una o dos murallas árabes, y si después existieron dos o tres murallas cristianas. Estos estudiosos no tienen en cuenta que se trata, en cualquier caso, de una construcción urbanística de Madrid, y eso significa, por muy atrás en el tiempo que vayamos, que la muralla siempre estaría y está en obras, y lo mismo que ahora tenemos una M-30, que varía cada mes o cada semana, nuestros antepasados, fuera bajo la dominación árabe o bajo la cristiana, tendrían una muralla “penelopiana”, en continua construcción, destrucción y reconstrucción.
Grabado del Alcázar y la Muralla realizado en 1562 por Anton Van den Wyngaerde, conocido en España como Antonio de las Viñas

Aquí me acojo, porque me gusta y me viene bien, a la versión según la cual, el emir de Córdoba Muhammad I, a finales del siglo IX fundó la ciudad de Mayrit, sobre una colina que venía siendo habitada desde tiempos prehistóricos, y edificó un alcázar que amuralló usando pedernal en su parte inferior y caliza en la superior, y rodeó esta muralla con fosos llenos de agua, aprovechando los numerosos arroyos que había en la zona. A este recinto amurallado se le denominaba Almudayna o Almudena, que significa “ciudadela” en árabe.

A partir de esa primera muralla árabe, Madrid fue construyendo sucesivas murallas cristianas. A los efectos de este blog, poco importa cuál fue el número de murallas que haya tenido Madrid, ya que me voy a referir a una muralla, que tal vez sea mezcla de elementos de varias, y que entiendo viene a coincidir de forma muy aproximada con la que los expertos identifican como la segunda muralla cristiana.
Esa muralla fue construida sobre y a partir de las anteriores entre los siglos XI y XII. Partía del Alcázar y, siguiendo el sentido contrario al de las agujas del reloj, bajaba por la Cuesta de la Vega, cruzaba la calle de Segovia y se metía por entre las calles Angosta de Mancebos y Don Pedro, salía a la plaza de Puerta de Moros, discurría por entre la Cava Baja y la calle del Almendro, para llegar a la plaza de Puerta Cerrada y continuar por el interior de las casas de la calle de Cuchilleros y de la Cava de San Miguel, seguía entre Espejo y Mesón de Paños e Independencia y Escalinata hasta la plaza de Isabel II desde donde enlazaba, de nuevo, con el Alcázar, para cerrar el recinto. Esta zona norte del trazado es la que presenta más dudas, ya que los restos encontrados son más escasos.

Por cierto, que en relación con la Puerta de Moros existe una leyenda truculenta. Al parecer, en una determinada época todas las noches los vecinos escuchaban voces, gritos, alaridos y todo tipo de ruidos fantasmagóricos. La primera explicación que dio el pueblo es que los gritos procedían del alma en pena de un morisco que había fallecido al recibir el bautismo. Los vecinos cristianos colocaron una cruz en la puerta de la casa del morisco para exorcizar su alma, pero la medida no surtió su efecto, y los alaridos nocturnos no cesaron. La cosa se complicó y se aclaró cuando los vecinos pudieron ver, que no era una sino tres las almas en pena de niños que atravesaban las paredes y gritaban el nombre de quien les había quitado la vida, que no era otro que su propio padre, un armenio ¡que se los había comido! El asesino fue azotado hasta morir y los espectros desaparecieron. ¡Toma ya!

Sin miedo a los fantasmas, mi mujer y yo hemos convertido en una costumbre, bien grata por cierto, cubrir un circuito que sigue aproximadamente el recorrido de la muralla, ya sea paseándolo por puro placer e higiene, o para realizar pequeñas compras diarias.

En el espacio delimitado por esta muralla está compendiada la pequeña historia de las primeras versiones de “Madrid”. Desde los asentamientos iniciales en el valle de San Pedro, alrededor de fuentes y corrientes de agua abundantes y de alta calidad, a la primera fortificación árabe del cerro del Alcázar, llevada a cabo por Muhammad I, allá por el 855, al crecimiento de los barrios musulmanes, judíos y cristianos, o al nacimiento de los distintos arrabales extramuros.

Es un espacio en el que estuvieron ubicadas las principales parroquias de aquel Madrid, como las de Santa María, San Salvador, San Nicolás, San Pedro y San Andrés, citadas en orden de antigüedad, más las de San Juan, San Justo, San Miguel de la Sagra, San Miguel de los Octoes y Santiago, cuya antigüedad se desconoce. Al parecer, es posible que Santa María fuera, incluso, anterior a la invasión musulmana.

Históricamente, esta muralla cristiana debió ser la que impidió, en 1114, que Aben Yusuf recuperara Madrid para la causa árabe, pese a tener asediada la ciudad durante un largo periodo, acampado en lo que es ahora el “Campo del Moro”.

Aben Yusuf no pudo entrar, pero los madrileños de entonces entraban y salían por las distintas puertas de las que ha quedado memoria histórica y, a veces, toponímica. Si hubiéramos podido realizar nuestro habitual paseo, allá por el siglo XIII, parece que nos habríamos encontrado con vecinos entrando y saliendo por la Puerta de la Vega, la de Moros, la Cerrada (bueno, por ésta quizás no), la de Guadalajara o la de Valnadú. También estarían ahí, aún en pie y dentro del recinto, el Arco de Santa María, y la Puerta de la Xagra, vestigios de la muralla árabe.

Pero, además de estas puertas, en el paseo habríamos visto decenas y decenas de cubos, así como varias torres de las cuales han llegado hasta nosotros algunos nombres como la Torre Gaona o la Torre Narigües, de discutida localización.
Y claro, podríamos haber aprovechado el paseo para aprovisionarnos de las cosas más necesarias para la casa, ya que las industrias y artesanías se instalaban extramuros, cercanas a las puertas. Ahí están las calles de las platerías, de las hilanderas, de los bordadores, de los cuchilleros, de los tintoreros, de los latoneros, de los coloreros, de los curtidores, de los cabestreros, de los esparteros, de los cedaceros, de los boteros (hoy, de Felipe III) o la plaza de de los herradores. Seguramente la ubicación de tantos y tantos oficios no se corresponde exactamente con los establecimientos del siglo XIII, ya que lo lógico es que evolucionaran y se desplazaran con el paso de los años y de los siglos, pero apostaría a que no estaban muy lejos de las calles actuales.

También, en este hipotético paseo habríamos encontrado, sin duda, un terreno accidentado, con zanjas, con charcos, con cien dificultades para andar... es decir, como ahora, gracias a las interminables y sorprendentes obras con las que nuestros regidores nos mejoran diariamente la ciudad desde la más remota antigüedad.


La muralla de fuego: El pedernal

Junto a la inevitable argamasa y otros materiales, como la caliza o el granito, el elemento básico de la muralla de Madrid era, y es, el pedernal, el sílex.

Según los tratados de mineralogía, el pedernal es una variedad del cuarzo, compuesto por sílice microcristalina con muy pequeñas cantidades de agua y alúmina. Se trata de un material muy compacto, que rompe dando formas albeadas, lo que se conoce como fractura concoidea. Cuando se fractura por dos caras opuestas, se produce una arista que puede ser muy fina y resistente, cualidad que permitió a los hombres primitivos extraer de él lascas que servían para cortar gran cantidad de materiales. Es de color gris amarillento más o menos oscuro, lustroso como la cera y, en grosores pequeños, resulta translúcido. Es sinónimo coloquial de dureza, utilizado en frases hechas como aquella de tener un corazón de pedernal.

Pero aún queda otra característica casi mágica, como pudieron descubrir nuestros remotos antepasados y es que, herido por otros materiales duros produce chispas, lo que le convirtió en una de las opciones más sencillas de obtener el todopoderoso fuego.

Pues bien, la utilización del pedernal en la construcción de la muralla, bien lógica ya que como se ha dicho es un material compacto y muy duro que lo hace idóneo para defenderse de los presuntos invasores, se convirtió desde muy pronto en una seña de identidad de Madrid y, como intenta demostrar este blog, sigue formando parte de la identidad de este Madrid del siglo XXI.
En efecto, según López de Hoyos, existió un emblema de Madrid, anterior a 1200, en el que aparecía un trozo de pedernal medio sumergido en agua, con dos eslabones a los lados que hacían saltar chispas de él.

El emblema se completaba con la siguiente leyenda:

Fui sobre agua edificada,
mis muros de fuego son,
ésta es mi insignia y blasón

La razón de la primera frase de la leyenda requiere pocas explicaciones. Es una mera descripción del conocido hecho de que Madrid se fundara en una zona rica en aguas fluyentes y con abundantes manantiales. Su propio nombre árabe, Mayrit, significa “tierra rica en agua”. Por otra parte, el arroyo que fluía por la calle de Segovia hacia el Manzanares, parece que era llamado Matrice, que vuelve a confundirse con el nombre de Madrid. Total que lo del agua resulta evidente que es una de las causas de la fundación del asentamiento, por lo que su aparición en los primeros emblemas es obvia.

La segunda frase de la leyenda nos remite directamente al pedernal de la muralla, que debía ser el orgullo de los primeros madrileños, tanto árabes como cristianos, ya que puesta a prueba en distintos asedios resistió y los mantuvo a salvo. La justificación de los “muros de fuego” tiene dos versiones: la primera, más romántica, podría significar que la muralla de pedernal, al ser iluminada por el sol de poniente, desprendería destellos de color rojizo. Los que disfrutamos a diario de los atardeceres madrileños desde Las Vistillas, el Viaducto o los Jardines de Sabatini, entendemos muy bien esta versión, y nos imaginamos la visión desde el campo del Moro de una “muralla ardiente”, herida por los últimos rayos de sol (ver la entrada de El Alcázar y su Torre Dorada)

Sin embargo, es de temer que la segunda versión sea más acertada, ya que se refiere a la guerra, y ésta está más en la cabeza de los hombres que las visiones bucólicas. La cuestión sería que, al recibir flechazos y lanzadas, el pedernal de la muralla devolvería chispas para asombro de los asaltantes y orgullo de los madrileños, que convirtieron sus muros de fuego, junto al agua primigenia origen de toda vida y civilización, en parte de su lema.

Por cierto, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie uno de esos cartelitos horteras para los coches, que diga algo así como?: Madrid, la ciudad de agua y fuego. Seguramente porque quienes crean tales engendros desconocen nuestra historia.
Es, precisamente, ese pedernal el que sirve de excusa e hilo conductor en este blog, ya que según la hipótesis que mantengo, mientras estuvo incorporado a la muralla sirvió para proporcionarle un gran valor defensivo y, al parecer, para dar color a la ciudad y, cuando la muralla se fue derruyendo, se recicló, al utilizarlo en la construcción de todo tipo de edificios.

Avatares de la muralla: Un poco de historia

En los libros de historia se ha establecido que Alfonso VI, el de la jura ante el Cid en Santa Gadea, abuelo, por cierto, del casquivano “Alfonso siete” de La Venganza de Don Mendo, recuperó definitivamente Madrid para las huestes cristianas, allá por 1085, en la misma campaña que le llevó a conquistar Toledo. Fue la última y definitiva vez que Madrid cambió de bando.

También, está documentado que el Rey mandó reconstruir y ampliar la anterior muralla árabe para resistir futuros asedios, y que lo hizo con éxito, ya que evitó la toma por parte de Aben Yusuf, unos 30 años después.

Y, por último, ha quedado establecido que el componente más relevantey particular de la muralla era el pedernal, material duro, noble y fogoso donde los haya.

Pues bien, ahí tenemos a nuestro pueblo manchego, en pleno siglo XIII, incorporado plenamente a la España cristiana, lo que no impedía una convivencia razonable entre cristianos, mudéjares y judíos, como en siglos anteriores la había habido entre árabes, mozárabes y judíos. Como suele ocurrir, los mudéjares con mayor poder adquisitivo emigraron a otros reinos árabes de la propia península, quedando en Madrid los económicamente más débiles, que se aposentaron en la Morería y en Las Vistillas. Curiosamente, mis Vistillas había sido el barrio cristiano (mozárabe) durante la dominación musulmana (menudo negocio de traspasos harían los especuladores de entonces).

El siglo XIV y buena parte del XV tampoco aportarían modificaciones drásticas a la situación de la ciudad, a los efectos que aquí nos interesan, aunque sí una continua evolución para adaptarse a las necesidades de la población. La frontera entre los reinos cristianos y árabes quedaba cada vez más lejos, por lo que la muralla fue perdiendo su principal función defensiva, y como además la población no crecería de forma notable, la muralla no estorbaría demasiado y daría cierta sensación de seguridad. Cuando menos serviría para hacer pagar alcabalas y para tratar de controlar y aislar epidemias.

A finales del siglo XIV, se empieza a establecer la costumbre entre los reyes de Castilla, los Trastámara, de utilizar Madrid como residencia habitual, costumbre que a la larga terminaría convirtiendo a Madrid en la capital de España y transformando drásticamente esta pequeña población manchega. Parece ser que tanto Enrique II, como Juan II y sobre todo Enrique IV fueron los "inventores" de la corte madrileña. Algo verían en ella, para preferirla a ciudades tan hechas y derechas como Toledo, Valladolid, León o Burgos. Seguramente fue su agua y su clima, pero también la ausencia de nobles fuertemente asentados, que seguían ejerciendo de señores feudales.

Lo cierto es que, siguiendo con la costumbre, Isabel I “madrileñeó” con cierta asiduidad, alojándose con su marido Fernando en casa de los Lasso, en la Plaza de la Paja, y que la católica reina ya tuvo alguna influencia sobre la vida y la configuración de Madrid.

En el último cuarto del siglo XV, Isabel se debió encontrar con un Madrid pequeño, no tendría ni 3.000 vecinos, desordenado y sucio, al que rodeaba una muralla medieval, parcialmente arruinada. En 1476 mandó desguarnecer la parte interior de torres y puertas y derribar diversos lienzos de la muralla, para evitar que se pudiera utilizar como plaza fuerte durante la guerra contra Juana la Beltraneja, lo que no hace más que valorar el buen nombre que tenía la muralla como elemento defensivo. Con respecto a los materiales resultantes del derribo, entre los que debo destacar el pedernal, la Reina Católica decidió cederlos a quien los quisiera, con lo que puso, seguramente sin pretenderlo, un primer pilar para sostener la idea de la reutilización.

Dieciocho años más tarde, en 1494, los Reyes Católicos dictan normas sobre la ordenación urbanística de la Villa de Madrid, que incluyen cuestiones como la iluminación, la altura y anchura de las ventanas de los edificios, la circulación de los carruajes, etc., normas que, seguramente, tendrían también repercusión sobre la muralla.

El nieto Carlos, que vino mucho menos por aquí (él se lo perdió), al estar tan ocupado como estaba con Flandes y otros rincones del Imperio puso otro pilar (éste estoy seguro que no sabía nada de mi tesis) al permitir al Concejo utilizar los materiales que fueran extrayéndose del constante derribo de la muralla.

Nos encontramos, pues, con el primer austria, ya que a su “hermoso” padre, Felipe,  ni le cuento (por cierto, ¿cómo es posible que de un padre tan hermoso saliera un hijo tan feo?, porque el Emperador era feo de narices y, sobre todo, de mentón) bueno, como decía, nos encontramos con el primer austria, dando permisos a troche y moche para reutilizar los materiales de la muralla, en un Madrid que empezaba a crecer, ya que en 1546 los vecinos habían ascendido a unos 5.000.

Lógicamente la muralla cada vez “apretaba” más y fue sufriendo sucesivos ataques urbanísticos de todo tipo. Quienes primero sintieron en sus carnes las crisis de crecimiento de Madrid fueron las puertas, que ocupaban mucho espacio y que por su propia naturaleza estaban llenas de recovecos, necesarios para evitar el paso sencillo de las tropas atacantes, pero que sin asedios se convirtieron en sitios ideales para el emboscamiento de malhechores. Por estas razones, fueron siendo derribadas una tras otra:
  • en 1538 cayó la de Guadalajara, que tenía adosados numerosos comercios (curiosamente Carlos I mandó construir otra en su lugar, utilizando el pedernal, claro, que fue derribada cuarenta y cinco años más tarde);
  • en 1548, le tocó el turno a la de La Sagra;
  • la de Moros, fue derribada en 1566, más o menos al mismo tiempo que la de Valnadú;
  • el Arco de Santa María fue abatido, en 1570, para el paso de Ana de Austria, última esposa de Felipe II, gracias a un mes de denodado esfuerzo por 30 picapedreros;
  • por último, la Puerta Cerrada, llegó hasta 1582. 
La Puerta de la Vega llegó hasta 1820
Si el final de las puertas fortificadas estaba anunciado, el de los cubos y lienzos de la muralla fue (está siendo) más intermitente y discontinuo. En un principio, las ordenanzas municipales exigían que los muros quedaran expeditos por ambas caras, como se puede observar en la zona de Las Vistillas, en el plano de Texeira. Pero la presión demográfica y la codicia urbanística dieron al traste con las ordenanzas, tal como pasó con las “casas a la malicia”, y pronto empezaron a adosarse las viviendas a la muralla, en la que encontraban un apoyo firme y seguro. Los problemas empezaron cuando los habitantes de esas casas se dedicaron a agujerear los muros para comunicar las que estaban a uno y otro lado, provocando derrumbes, seguramente con víctimas.







La zona de las cavas, que no son otra cosa que las calles resultantes de cegar los antiguos fosos que rodeaban las murallas en varias zonas, muestra magníficos ejemplos de cómo Madrid se dedicó a “emparedar” su propia muralla. Texeira refleja, claramente, cómo fue desapareciendo de la vista la muralla entre la Cava Baja de San Francisco y la calle del Almendro.

Por cierto, en la primavera de 2006 apareció la noticia de que el Alcalde Ruiz Gallardón pretendía derribar las casas que ocultan la muralla para exponerla a la veneración de propios y extraños. Claro que algunos vecinos dieron en sospechar que tras la demolición de sus viviendas vendría la construcción de edificios en altura para gentes que puedan pagar precios astronómicos. El tiempo dirá en qué queda la iniciativa municipal…
En la zona de la Cava de San Miguel y de la Calle del Espejo, Texeira ya no reproduce restos, bien porque hubieran desaparecido o bien porque estaban tan ocultos que no los pudo ver, pero la estructura deja pocas dudas sobre dónde estuvo la muralla, hasta que el caserío la engulló, cual Saturno goyesco.

Total, que a lo largo de los siglos la muralla ha ido desapareciendo de la vista de los madrileños, bien porque era abducida por las nuevas construcciones, o bien porque era derribada allí donde estaba explícita, y su material, su pedernal, reutilizado para nuevas construcciones. En esta labor, como luego podremos comprobar, se llevó la palma el siglo XVI al hilo de la capitalidad del reino.

No obstante, la tarea no se completó entonces y en nuestros días, mejor dicho en los días de veteranos como el que esto escribe, hemos asistido a situaciones tan chuscas como la que se dio durante la construcción de la casa de Bailén 12, en 1953, esa casa que causa la envidia y admiración de cuantos atraviesan el Viaducto por ser observatorio privilegiado de las puestas de sol. Pues bien, Bailén 12 está situada sobre la muralla aledaña a la Puerta de la Vega, perfectamente visible en el Plano de Texeira, y para enterrar sus cimientos, se debieron destruir bastantes metros de muro, que fueron puestos a disposición de cuanto constructor los quisiera, bajo el bonito cartel de: Hay cascotes gratis ¡Santo Cielo, llamar cascote a mi pedernal, al fuego de Madrid! ¡Hacer negocio, y qué negocio, con nuestra historia! ¡Qué escándalo, me he enterado que aquí se juega!, exclama Claude Rains, el policía de Casablanca, después de cobrar en Rick’s su soborno pactado.