sábado, 22 de diciembre de 2012

El autor y su Madrid


Este blog quiere ser un testimonio de reconocimiento hacia Madrid. No pretende ser, y desde luego no lo es, un ejercicio de erudición, aunque en el documento se hable de historia, de arquitectura, de urbanismo, de mineralogía, de sociología… pero siempre hago uso de estas nobles disciplinas desde la óptica del simple aficionado.

Cualquier hijo puede reflexionar y rendir homenaje al esfuerzo que realizaron sus padres, no sólo para mantenerle y darle unos estudios o un oficio, sino para educarle sin más preparación que la que da la vida. Para ello, el hijo no necesita graduación alguna en psicología o psiquiatría, le basta con hacer un buen uso del amor filial. De modo similar, yo alego amor filial a mi pueblo para realizar este blog, sin necesitar estar doctorado en ninguna de estas ciencias.

En tan escasa líneas ya he aludido en dos ocasiones a “mi pueblo” y eso está pidiendo una aclaración. Para ello es necesario que me refiera al lugar, pero aún es más preciso que me refiera al tiempo.

Vine a nacer en el año 41 del pasado siglo, lo que dicho así parece una provocación, pero será una expresión absolutamente habitual a medida que pasen muy pocos años y las generaciones más jóvenes vayan llenando los tramos inferiores de la pirámide de edad. Como luego supe, cuando nací, todo el mundo “civilizado” estaba en guerra, menos nosotros que estábamos en lo más profundo de la posguerra.

Pero de eso, me fui enterando con el paso de los años, ya que en aquellos momentos lo que hacía era vivir alegremente mi infancia, en la que sí ocupan algún lugar recuerdos que luego he sabido eran fruto de la posguerra. Por ejemplo, aquellas matronas que en la calle Calatrava pregonaban: “hay barras, vendo barras”, barras que llevaban bajo sus enormes delantales, o aquellos hombres enjutos que en la calle Postas se cruzaban con mi padre y con voz arguardientosa le decían: “piedras para mecheros, piedras, piedras”. Todo era fruto del estraperlo que se apoderó, subrepticiamente, del suministro de lo más necesario. Es cierto que a las nueve de la noche se oía un clarín en la radio y a continuación mi padre reclamaba el silencio para escuchar el Parte, como también es cierto que mensualmente alguien llamaba a la puerta para cobrar un recibo devengado por oír la radio, esa radio que ya nos anticipaba en una canción que: “la televisión, pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás”.
Muchas de las vivencias de mi infancia tendrían que ver con la estrechez de la posguerra, pero también otras muchas tendrían que ver con el aún escaso desarrollo tecnológico que se había producido, y que se dispararía con el fin de la guerra grande.

Lo que me sorprendió, años más tarde, con la llegada de la democracia es que entre esas vivencias no estuvieran anidadas ni la represión, ni la frustración que, al parecer, vivió tan intensamente mucha gente de mi generación, y que les ha servido de acicate para su creación artística a cantantes, novelistas o cineastas. Es cierto que mis amigos y yo estábamos siempre huyendo de los chapas, que es como llamábamos a los municipales por el enorme escudo que lucían en el pecho, y que teníamos la guerra declarada con un jardinero de las Vistillas, al que llamábamos Gepeto, aunque no era desde luego un vejete simpático. Pero esto era fruto del hecho social de que los niños sólo tuviéramos obligaciones, y que nuestro único derecho fuera el de jugar, sin gastar dinero y sin molestar a ninguna persona mayor.

Confieso que mi falta de frustraciones me llegó a preocupar, haciendo que me preguntara por la razón de su ausencia. Revisé mi familia, mi barrio, mi colegio, mis amigos…, y no encontré nada. Mi padre no era un paniaguado del Régimen, lo que habría explicado todo; en mi familia había habido soldados en ambos bandos, unos por convicción y otros porque les había tocado, pero no había ni odios ni rencores; en mi barrio convivían hijos de ambos bandos, y como era un barrio sencillo, los del bando vencedor eran también sencillos; por último, mi colegio, que merecería un blog completo, tenía refugiados a un buen número de profesores no bien vistos por el Régimen, de forma tal que ni nos hicieron cantar el Cara al sol, ni nos sometieron a misas y rosarios interminables. Total, que no estaba frustrado y que ello no era por ser insensible o lacayo, sino porque existía otra realidad paralela a la que nos han contado de forma obsesiva.

Bueno, sirvan estas divagaciones para concluir que nací en un Madrid estrecho y con estrechez, con gente que trataba de olvidar todo lo recientemente ocurrido. Nací en un año en el que mi “otro Madrid”, mi Real Madrid, no se comía un rosco, incluso coqueteaba con el descenso.
Sus jugadores pasaban limitaciones alimenticias, mientras que los vecinos del Atleti de Aviación, que habían sido repescados de la segunda división por el Ejército del Aire y se alimentaban de su economato, ganaban los títulos. Si hubiera habido entonces televisión, yo también podría haber dicho aquello de: Papá, ¿por qué somos del Madrí? Y ahora tenemos que aguantar eso de que somos el equipo del Gobierno… ¡diiita sea la...!

Para terminar con la dimensión temporal añadiré, como hacía José Luis Garci en la presentación de ¡Qué grande es el cine!, que en 1941 nacieron Plácido Domingo, Joan Báez, Bob Dylan o Terence Hill; que, por el contrario, murieron Alfonso XIII, Virginia Woolf o James Joyce; que Gary Cooper ganó el Óscar por El Sargento York; y que un periódico costaba 25 céntimos de peseta, es decir, 0.0015 euros.
En cuanto al lugar de mi nacimiento, algo ya ha quedado establecido más arriba, pero por si hubiera alguna duda, y sin ánimo de humillar a nadie, yo nací en Las Vistillas. No en el Sanatorio del Rosario, ni en la Maternidad de O`Donnell, ni en ninguna otra clínica. No, yo nací, simple y llanamente, en la casa de mis padres, en Las Vistillas, como la pinturera modistilla, de la copla que baila el chotis como el que lava, salvando las distancias, por supuesto.

Es claro que en aquel Madrid ya existían Chamberí, el barrio de Salamanca, el Viso, o la Ciudad Lineal, pero todo ello me parecía lejano o muy lejano. Eran tiempos en los que ir a la Casa de Campo era una excursión, en los que ir a la calle de Alfonso XIII o a la Ciudad Jardín era ir al extrarradio o en los que para llegar al Estadio de Chamartín había que bordear algunas huertas, una vez que se dejaba atrás Casa Huete, taberna situada más o menos donde estaba el Windsor, y que pertenecía a uno de los jugadores del Madrid de los años 40.

En ese mi Madrid, en el que la mayoría vivía con una economía ajustada y con escasez de abastecimiento de lo más elemental, como el pan o la electricidad, los límites en los que se movía una familia eran estrechos y su movilidad reducida, de forma que un barrio, y sus alrededores inmediatos, era más que suficiente para desarrollar una vida plenamente llena. El mundo de los niños de barrio era aún más limitado, sobre todo cuando se disponía de un espacio tan amplio y acotado como Las Vistillas y sus cuestas, para jugar.

Al cine, íbamos los jueves, tarde en la que no había colegio, a ver las sesiones dobles que ponían en los cines del barrio, con la correspondiente y ruidosa ingesta de pipas, que unida al infame sonido de la sala, convertía en un milagro enterarse de los diálogos, aunque lo importante era la acción y la llegada del séptimo de caballería para acabar, una y otra vez con los malvados pieles rojas. Mucho menos frecuente era la asistencia a salas de mayor nivel, con sesiones numeradas, en lo que se llamaban “cines de reestreno”, mientras que los de estreno, reducidos entonces casi en exclusiva a la Gran Vía, eran “rara avis” para una familia modesta.

Poco a poco, las limitaciones de las zonas de ocio, del colegio, de la ubicación de la familia, etc., fueron configurando un territorio que se me aparecía como suficiente para desarrollar una vida con todos sus ingredientes básicos. Con la perspectiva actual he venido a identificar que ese territorio viene a coincidir, prácticamente, con el Madrid de la muralla cristiana y sus arrabales.

Con el transcurrir de los años, tras la lectura de los clásicos españoles o no, con la visita a muchas ciudades españolas y a otras cuantas significativas a uno y otro lado del Atlántico, he llegado a la conclusión de que en una comunidad reducida está compendiado todo cuanto en común tienen los seres humanos en lo básico, y todas las diferencias que pueden presentar en lo superficial. Si lo básico es aquello que te permite sentirte ciudadano del mundo en cualquier rincón del planeta, lo superficial es lo que te permite identificarte con un único lugar, al que se termina denominando, mi pueblo.

Por tanto, ese pueblo al que confieso pertenecer y al que rindo homenaje con este blog es el cercado por la muralla cristiana y sus arrabales. No obstante, en un ejercicio de generosidad intelectual, admito la existencia de un Madrid limitado por la cerca de Felipe IV, que viene a coincidir con el magníficamente representado por Pedro Texeira en su Topografía de la Villa de Madrid de 1656.

En una reunión profesional, ante un matrimonio amigo, mantuve mi convencimiento sobre la limitación de Madrid. La esposa, entre asombrada y zumbona preguntó: entonces, nosotros que vivimos en la Plaza de Castilla, ¿no vivimos en Madrid? Yo que sabía que era zaragozana, y por ello sensible a la invasión napoleónica, le hice ver que Napoleón había acampado en Chamartín, y que aun así “no había entrado en Madrid”, renunciando a su entrada triunfal prevista para el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Se rindió a la evidencia.

Para completar mi identificación con mi Madrid, encontré a mi contraria, con la que ya me he casado dos veces, y espero hacerlo una tercera vez en las bodas de oro, en los arrabales, a un centenar de metros de la Puerta de Moros y otros tantos de la Puerta Cerrada, con lo que el conocido aforismo: ¿Usted de qué pueblo es? Yo, del de mi mujer no ha hecho más que remachar gozosamente el clavo del sentimiento filial.

12 comentarios:

  1. Hola Rafael:
    He recibido tu invitación y quiero felicitarte por tu blog. Muchas gracias!! Te he puesto un enlace en "Pasión por Madrid". Prometo visitar tu blog asiduamente.

    Felices fiestas!!! Un abrazo, Jesús

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  2. Saludos desde los Yacimientos de Al Andalus. Una curiosidad, Rafael, ¿su colegio se llamaba Decroly...?

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    1. No. Era el San Ignacio (Obispo de Antioquía, no el de Loyola)

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  3. Me parece este un blog interesante que abunda en aspectos relacionados con Madrid. Lo tendré en cuenta para recomendarlo a mis alumnos y para visitarlo de vez en cuando.
    Un saludo.

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  4. Hola Rafael,
    Preciosa síntesis de una dilatada vida y de tu sensibilidad hacia lo que mamaste. Tienes un seguidor incondicional.
    Salud.

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  5. Hola Rafael,
    enhorabuena por tu trabajo que has trasladado a este prometedor blog, y
    ¡bienvenido a la blogosfera!
    Saludos cordiales

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  6. Hola Rafael,
    He recibido hoy un comentario en mi blog de viajes www.sensacionesviajeras.com, en el cual me animas a visitar tu blog sobre la muralla de Madrid. Pues bien llevo 1 hora viéndolo y estoy más que impresionado por todo lo que cuentas. No solo por lo bien que escribes, sino por la forma en que lo haces, en el que el lector (por lo menos me pasa a mi), parece que está viviendo en aquellos siglos en que Madrid se iba formando como gran ciudad. Estoy descubriendo cosas sobre Madrid que desconocía y que me están emocionando. Yo soy un enamorado de Madrid (viví de niño un tiempo en la Cuesta de las Descargas y me casé en los Jeronimos), y mi obsesión es que Madrid no siga "desapareciendo" como lo hizo sobre todo en los años 70, de su patrimonio arquitectónico. Por eso todo lo que sea divulgar y conservar la muralla de Madrid me parece encomiable. Me gustaría contactar contigo y hablar de todo ello tomándonos un cafe. Un abrazo y enhorabuena por todo este trabajo tan bonito que estás haciendo sobre Madrid.

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  7. Gracias, Carlos, por tu comentario, que justifica el esfuerzo y anima a seguir.
    Te encontré en Arte en Madrid, y supuse que podría interesarte, porque soy de la opinión que sólo se pueden aprovechar los viajes por el mundo, como los tuyos, cuando previamente estás identificado con el lugar en el que has nacido o te has criado. Cuando has abierto tu corazón, pueden entrar cosas nuevas en él, De no ser así, todo te resbala.
    Veremos lo del café

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