lunes, 10 de diciembre de 2012

Avatares de la muralla: Un poco de historia

En los libros de historia se ha establecido que Alfonso VI, el de la jura ante el Cid en Santa Gadea, abuelo, por cierto, del casquivano “Alfonso siete” de La Venganza de Don Mendo, recuperó definitivamente Madrid para las huestes cristianas, allá por 1085, en la misma campaña que le llevó a conquistar Toledo. Fue la última y definitiva vez que Madrid cambió de bando.

También, está documentado que el Rey mandó reconstruir y ampliar la anterior muralla árabe para resistir futuros asedios, y que lo hizo con éxito, ya que evitó la toma por parte de Aben Yusuf, unos 30 años después.

Y, por último, ha quedado establecido que el componente más relevantey particular de la muralla era el pedernal, material duro, noble y fogoso donde los haya.

Pues bien, ahí tenemos a nuestro pueblo manchego, en pleno siglo XIII, incorporado plenamente a la España cristiana, lo que no impedía una convivencia razonable entre cristianos, mudéjares y judíos, como en siglos anteriores la había habido entre árabes, mozárabes y judíos. Como suele ocurrir, los mudéjares con mayor poder adquisitivo emigraron a otros reinos árabes de la propia península, quedando en Madrid los económicamente más débiles, que se aposentaron en la Morería y en Las Vistillas. Curiosamente, mis Vistillas había sido el barrio cristiano (mozárabe) durante la dominación musulmana (menudo negocio de traspasos harían los especuladores de entonces).

El siglo XIV y buena parte del XV tampoco aportarían modificaciones drásticas a la situación de la ciudad, a los efectos que aquí nos interesan, aunque sí una continua evolución para adaptarse a las necesidades de la población. La frontera entre los reinos cristianos y árabes quedaba cada vez más lejos, por lo que la muralla fue perdiendo su principal función defensiva, y como además la población no crecería de forma notable, la muralla no estorbaría demasiado y daría cierta sensación de seguridad. Cuando menos serviría para hacer pagar alcabalas y para tratar de controlar y aislar epidemias.

A finales del siglo XIV, se empieza a establecer la costumbre entre los reyes de Castilla, los Trastámara, de utilizar Madrid como residencia habitual, costumbre que a la larga terminaría convirtiendo a Madrid en la capital de España y transformando drásticamente esta pequeña población manchega. Parece ser que tanto Enrique II, como Juan II y sobre todo Enrique IV fueron los "inventores" de la corte madrileña. Algo verían en ella, para preferirla a ciudades tan hechas y derechas como Toledo, Valladolid, León o Burgos. Seguramente fue su agua y su clima, pero también la ausencia de nobles fuertemente asentados, que seguían ejerciendo de señores feudales.

Lo cierto es que, siguiendo con la costumbre, Isabel I “madrileñeó” con cierta asiduidad, alojándose con su marido Fernando en casa de los Lasso, en la Plaza de la Paja, y que la católica reina ya tuvo alguna influencia sobre la vida y la configuración de Madrid.

En el último cuarto del siglo XV, Isabel se debió encontrar con un Madrid pequeño, no tendría ni 3.000 vecinos, desordenado y sucio, al que rodeaba una muralla medieval, parcialmente arruinada. En 1476 mandó desguarnecer la parte interior de torres y puertas y derribar diversos lienzos de la muralla, para evitar que se pudiera utilizar como plaza fuerte durante la guerra contra Juana la Beltraneja, lo que no hace más que valorar el buen nombre que tenía la muralla como elemento defensivo. Con respecto a los materiales resultantes del derribo, entre los que debo destacar el pedernal, la Reina Católica decidió cederlos a quien los quisiera, con lo que puso, seguramente sin pretenderlo, un primer pilar para sostener la idea de la reutilización.

Dieciocho años más tarde, en 1494, los Reyes Católicos dictan normas sobre la ordenación urbanística de la Villa de Madrid, que incluyen cuestiones como la iluminación, la altura y anchura de las ventanas de los edificios, la circulación de los carruajes, etc., normas que, seguramente, tendrían también repercusión sobre la muralla.

El nieto Carlos, que vino mucho menos por aquí (él se lo perdió), al estar tan ocupado como estaba con Flandes y otros rincones del Imperio puso otro pilar (éste estoy seguro que no sabía nada de mi tesis) al permitir al Concejo utilizar los materiales que fueran extrayéndose del constante derribo de la muralla.

Nos encontramos, pues, con el primer austria, ya que a su “hermoso” padre, Felipe,  ni le cuento (por cierto, ¿cómo es posible que de un padre tan hermoso saliera un hijo tan feo?, porque el Emperador era feo de narices y, sobre todo, de mentón) bueno, como decía, nos encontramos con el primer austria, dando permisos a troche y moche para reutilizar los materiales de la muralla, en un Madrid que empezaba a crecer, ya que en 1546 los vecinos habían ascendido a unos 5.000.

Lógicamente la muralla cada vez “apretaba” más y fue sufriendo sucesivos ataques urbanísticos de todo tipo. Quienes primero sintieron en sus carnes las crisis de crecimiento de Madrid fueron las puertas, que ocupaban mucho espacio y que por su propia naturaleza estaban llenas de recovecos, necesarios para evitar el paso sencillo de las tropas atacantes, pero que sin asedios se convirtieron en sitios ideales para el emboscamiento de malhechores. Por estas razones, fueron siendo derribadas una tras otra:
  • en 1538 cayó la de Guadalajara, que tenía adosados numerosos comercios (curiosamente Carlos I mandó construir otra en su lugar, utilizando el pedernal, claro, que fue derribada cuarenta y cinco años más tarde);
  • en 1548, le tocó el turno a la de La Sagra;
  • la de Moros, fue derribada en 1566, más o menos al mismo tiempo que la de Valnadú;
  • el Arco de Santa María fue abatido, en 1570, para el paso de Ana de Austria, última esposa de Felipe II, gracias a un mes de denodado esfuerzo por 30 picapedreros;
  • por último, la Puerta Cerrada, llegó hasta 1582. 
La Puerta de la Vega llegó hasta 1820
Si el final de las puertas fortificadas estaba anunciado, el de los cubos y lienzos de la muralla fue (está siendo) más intermitente y discontinuo. En un principio, las ordenanzas municipales exigían que los muros quedaran expeditos por ambas caras, como se puede observar en la zona de Las Vistillas, en el plano de Texeira. Pero la presión demográfica y la codicia urbanística dieron al traste con las ordenanzas, tal como pasó con las “casas a la malicia”, y pronto empezaron a adosarse las viviendas a la muralla, en la que encontraban un apoyo firme y seguro. Los problemas empezaron cuando los habitantes de esas casas se dedicaron a agujerear los muros para comunicar las que estaban a uno y otro lado, provocando derrumbes, seguramente con víctimas.








La zona de las cavas, que no son otra cosa que las calles resultantes de cegar los antiguos fosos que rodeaban las murallas en varias zonas, muestra magníficos ejemplos de cómo Madrid se dedicó a “emparedar” su propia muralla. Texeira refleja, claramente, cómo fue desapareciendo de la vista la muralla entre la Cava Baja de San Francisco y la calle del Almendro.

Por cierto, en la primavera de 2006 apareció la noticia de que el Alcalde Ruiz Gallardón pretendía derribar las casas que ocultan la muralla para exponerla a la veneración de propios y extraños. Claro que algunos vecinos dieron en sospechar que tras la demolición de sus viviendas vendría la construcción de edificios en altura para gentes que puedan pagar precios astronómicos. El tiempo dirá en qué queda la iniciativa municipal…
En la zona de la Cava de San Miguel y de la Calle del Espejo, Texeira ya no reproduce restos, bien porque hubieran desaparecido o bien porque estaban tan ocultos que no los pudo ver, pero la estructura deja pocas dudas sobre dónde estuvo la muralla, hasta que el caserío la engulló, cual Saturno goyesco.

Total, que a lo largo de los siglos la muralla ha ido desapareciendo de la vista de los madrileños, bien porque era abducida por las nuevas construcciones, o bien porque era derribada allí donde estaba explícita, y su material, su pedernal, reutilizado para nuevas construcciones. En esta labor, como luego podremos comprobar, se llevó la palma el siglo XVI al hilo de la capitalidad del reino.

No obstante, la tarea no se completó entonces y en nuestros días, mejor dicho en los días de veteranos como el que esto escribe, hemos asistido a situaciones tan chuscas como la que se dio durante la construcción de la casa de Bailén 12, en 1953, esa casa que causa la envidia y admiración de cuantos atraviesan el Viaducto por ser observatorio privilegiado de las puestas de sol. Pues bien, Bailén 12 está situada sobre la muralla aledaña a la Puerta de la Vega, perfectamente visible en el Plano de Texeira, y para enterrar sus cimientos, se debieron destruir bastantes metros de muro, que fueron puestos a disposición de cuanto constructor los quisiera, bajo el bonito cartel de: Hay cascotes gratis ¡Santo Cielo, llamar cascote a mi pedernal, al fuego de Madrid! ¡Hacer negocio, y qué negocio, con nuestra historia! ¡Qué escándalo, me he enterado que aquí se juega!, exclama Claude Rains, el policía de Casablanca, después de cobrar en Rick’s su soborno pactado.



2 comentarios:

  1. El arco de Santa María no es el nombre adecuado para una puerta construida por los musulmanes. Mejor sería llamarle Puerta de la Mezquita
    Emiliogue

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  2. Claro, Emiliogue, tienes razón, pero ignoro si los musulmanes madrileños llamaban así a esa puerta, aunque eso sea muy posible. En cualquier caso, como verás a lo largo de mis disquisiciones trato de establecer una especie de "continuo" en la "madrileñéz" de los habitantes de estas tierras, cualesquiera que fueran sus creencias, y el nombre utilizado es el creo ha sido más utilizado en la actualidad.

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