lunes, 10 de diciembre de 2012

El Alcázar (Desaparecido)

Del mismo modo que le he dedicado una entrada a la iglesia desaparecida de Santa María, dada su importancia en la historia de Madrid, me parece obligado hacerlo aquí con el desaparecido Alcázar, que no me cabe duda debió ser un usuario y receptor de pedernal  en sus distintas y numerosas paredes.

He dicho usuario antes que receptor porque siendo así que su origen está ligado a la construcción de la muralla árabe, en tiempos de Abderramán III, no cabe pensar otra cosa sino que fue construido con las mismas técnicas y materiales que aquélla, lo que incluiría en origen el pedernal.

A partir de la primera fortificación árabe, con funciones básicamente defensivas, se irían multiplicando y ampliando las estancias para evolucionar hacia las funciones residenciales.

Con la cristianización esta evolución se aceleró, ya que el Alcázar pasó a ser residencia habitual de los reyes castellanos a su paso, cada vez más frecuente, por Madrid. Ya el emperador Carlos fue quien introdujo un profundo cambio en su estructura y mobiliario, para crear un ámbito palaciego, que lo acercaba a las cortes de su tiempo. Pero fue Felipe II quien definitivamente, al instalar la corte en Madrid, abordó la modernización del Alcázar que debía albergar a la familia real.
Las obras se las encargó Felipe II a Juan Bautista de Toledo, que remodeló principalmente la parte más antigua, reconstruyendo salas, levantando galerías y, sobre todo, construyendo la denominada Torre Dorada. Aquí, me atrevo a aventurar que el Alcázar se convirtió en receptor del pedernal de la muralla que le rodeaba y estorbaba el crecimiento natural de la ciudad. Y dado a aventurar, me complace pensar que la famosa Torre Dorada, situada en el sudoeste del complejo palaciego, debía su nombre a los reflejos que el pedernal despedía al ser herido por el sol de los atardeceres madrileños (E se non e vero, e ben trovato).
El siguiente empujón lo dieron los felipes III y IV nada menos que de la mano de los Gómez de Mora. No hay que ser un iluminado para imaginar que tío y sobrino, creadores del “estilo austria”, utilizarían también el pedernal y el ladrillo en las distintas ampliaciones del Alcázar, que trataron de equilibrar la traza del palacio, erigiendo nuevas torres similares a la Dorada. ¿Cómo no iban a utilizar los mismos materiales que les habían proporcionado tan magníficos resultados en la Encarnación o las Descalzas?

Posteriormente, tanto Carlos II como Felipe V continuaron con las reformas, aunque parece que las de este primer Borbón se centraron más en el interior tratando de afrancesar el viejo palacio, pretensión ésta que prefiero no comentar. Allá la princesa de los Ursinos y sus gustos.

El viejo Alcázar se consumió en un incendio que empezó en la Nochebuena de 1734 y se prolongó durante cuatro días. El incidente acabó con el “estilo austria” que sería sustituido por el “estilo borbón” (más propiamente, el “estilo Carlos III”). Al pedernal, el ladrillo y la pizarra, le sustituyó el granito del actual palacio.

Por cierto, que existe una curiosa circunstancia alrededor del actual Palacio Real, ligada al hecho de ser conocido frecuentemente como palacio de Oriente. Digo curiosa, porque el Palacio está, evidentemente, en el occidente, y no el oriente de Madrid. La razón de esta aparente contradicción puede ser la siguiente: José Bonaparte (para el pueblo de Madrid, “Pepe Botella”), quiso ennoblecer los alrededores del Palacio Real para lo que mandó despejar los terrenos situados al este del palacio, y así construir una plaza digna[1]. Siguiendo una lógica cartesiana, la plaza vino a llamarse la plaza de Oriente. Hasta aquí todo normal, plaza y palacio cada uno en su lugar y con su nombre. Pero llegó Franco, señor que, si bien gustaba de entrar en las iglesias bajo palio era poco partidario de las monarquías, a no ser que él las instaurara. Tal vez por ello, no le gustaría salir de “su palacio de El Pardo” para ir al “palacio real”, y como debieron desestimar llamarle “palacio generalisimal”, él y sus exegetas, debieron decidir que era mejor hablar del “palacio de la plaza de oriente”, de donde se pasó a eso de Palacio de Oriente. Supongo que ésta es la razón de la sinrazón, la ida y vuelta de un nombre, la historia de un palacio que le dio nombre a una plaza, y de una plaza que se lo devolvió.



[1] Por cierto, que aunque me cueste reconocerlo, parece que este personaje no se portó nada mal con Madrid, y la ciudad no ha sido muy considerada con él. Si algún día se revisara esta parte de nuestra historia, ahora que esto parece estar de moda, tal vez se podría darle su nombre a la plaza (a él se le llamó “Pepe plazuelas”). 

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